por  Guillermo Olivera Díaz
Abogado de profesión, con 40 años de ejercicio, 25 años de profesor universitario; post grado en las universidades de Roma y Cambridge; Juez instructor, autor de libros del campo penal; amén de otros cometidos de profesión.
godgod_1@hotmail.com     


1.  Antes en Los Cedros, La Poderosa de Colasay, hoy en La Unión y Collpa de Sangache, por razones de incumbencia personal y muy lejos de las alimañas que rodean al poder político limeño.


Empero, siempre con mi SUBARU Forester, espantado con los problemas técnicos que se originan cuando el agua ingresa al interior por algún orificio oculto y al cerebro de su computadora que explican su mal funcionamiento. Todo se descontrola alocadamente y el motor ya no marcha. ¡Se ha estropeado el viaje inesperadamente!.

2. He aquí los relatos escalofriantes respecto de la decepción que me ha causado mi camioneta SUBARU, que precisamente la adquirí creyendo en sus bondades que me dijo el vendedor y que no brindan la opción de verificar.

Iba del caserío  Collpa a Juanjuí  y tenía que atravesar  necesariamente por una quebrada que traía agua porque llovió  el día anterior. Ví que todos los vehículos la cruzaban normalmente por sí solos sin ayuda de nadie. El agua que se veía no debía asustar a conductor alguno.

Por extrema precaución pedí al conductor de una camioneta Hilux  TOYOTA que me jalara y cuando casi  terminábamos de cruzar  la quebrada se apagó su motor y luego de unos dos minutos la prendió y comenzó a jalar a mi SUBARU hasta que cruzamos hasta la orilla. ¡Oh, sorpresa, ya no prendía el motor de mi otrora prestigiada camioneta. Más de una hora duró el infortunio!

Desventurosamente, en tan pequeño tiempo mi SUBARU se había inundado. El agua estaba tapando mis pies debajo del timón, el piso del asiento vacío del copiloto que estaba subido en la TOYOTA y también los dos espacios donde se posan los pies de quien vaya en los asientos traseros, que esta vez nadie ocupaba. El agua penetraba a raudales y yo solo observaba impávido.

Si el sorprendente aniego del vehículo hubiera durado un tiempo mayor, no puedo vaticinar el destino de mi SUBARU, conmigo al volante. Igualmente, si hubiera venido una creciente de agua en tan aciago instante ya no podría estar narrándoles este percance por culpa del vehículo de marras.

3. Por el prestigio de la marca SUBARU jamás imaginé al adquirirla que otros vehículos cruzaran normalmente una quebrada con cierta agua, menos la camioneta mía.

Tampoco me era imaginable que el vapor del agua que produce el calor de la zona inutilicen las computadoras del vehículo hasta que su motor ya no prenda.

Aunque el arreciante sol hizo el milagro. Después de sacar y secar el agua del interior del vehículo con franelas que escurrían varias personas que iban en la TOYOTA, por espacio de una hora o más, el motor de la SUBARU al fin prendió. El sol había secado creo yo los circuitos que el vapor del agua inutilizó, pues el agua en sí nunca llegó hasta el sitio mismo que  ocupan las computadoras.

Prendimos el motor y en el tablero aparecían varias luces de alarma, por cuyo motivo nos estacionamos muchas veces al borde de la pista que va de Juanjuí a Tarapoto, pues la SUBARU no era tal. Había perdido toda su fuerza, daba pena. Por fin, llegamos a la ciudad de Tarapoto, donde el mecánico Simón nos confirmó el tema reseñado de las computadoras del vehículo, que intentó secarlas aún más y nos recomendó que usáramos los cambios mecánicos y no los automáticos. Nos aseguró que llegaríamos a Lima, a donde finalmente hemos arribado.

Tendré que reclamar muy seriamente a la empresa que me la vendió. Se trata de AUTOMOTRIZ LAVAGNA de la Av. Principal 277, Lima 13.

*(Tfs. 346-1803 y  999-6666-46)

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